Santiago Tabarca

martes, mayo 16, 2006

Rascacielos de papel.

Estimados amigos,
Por aquellas cosas de la vida me ha surgido un viaje a Mauritania. Esto significa que si lo prometido es deuda, no dejo entonces de ser un moroso compulsivo. No podré desarrollar la crítica al libro de José Elgarresta hasta que vuelva. Sin embargo, procuraré traer fotos de mi paso por esa desconocida tierra de tierra, o arena de arenas. La última vez que estuve en África fué en Túnez, no hace aún tres meses, y antes en Marruecos, hace ya más de dos años. En esta última ocasión un niño me explicó en árabe, diccionario en mano, por supuesto, que desierto se dice simplemente Sahara, y desértico se pronuncia Saharú. Supuse entonces que aquella extrema parcela de arena era considerada aún por los nativos como el mar lo era por nosotros cuando aún no tenía ni nombre, tan solo un cúmulo de mitos terroríficos que hablaban de él como el Océano, o aquel lugar desconocido de donde no volvían los que en él se adentraban. Quizá, divago ahora, considerado también como todos representamos la infinitud del firmamento en la noche. De cualquier forma, aquellos que cruzaban el mar quizá no volvieron nunca porque encontraron otros paraísos donde vivir, pasando a la historia algunos como los antiguos habitantes de estas islas. Y siguen llegando pateras. Ayer mil subsaharianos, hoy otros cien. Y ya nadie recuerda que no es un tema de actualidad. Así llegamos los canarios. Así seguirán llegando canarios de otros rincones del mundo. Porque los actores no determinan su sitio en el gran escenario del mundo, al menos no tendrían por qué.
Por consiguiente, si no vuelvo de Mauritania, quizá es que dí con el oasis perdido de Salomé. Y si algún día no vuelvo del fondo del mar, es porque esté donde esté les estaré esperando para compartir mis nuevas indias e indios con ustedes.
Un fuerte abrazo y hasta pronto.

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