Santiago Tabarca

miércoles, septiembre 27, 2006

LA SOMBRA DEL FUEGO

(Texto registrado y protegido por derechos de autor)
El niño elefante nació terriblemente horrendo. Desde su nacimiento fue recluido en la oscuridad y el silencio, para que nadie pudiera verlo jamás. En esa pequeña ilusión de conservarlo oculto, como mismo escondió la historia al Laocoonte y sus hijos, hasta el renacimiento. A diferencia de la escultura bastarda no fue enterrado nunca, es cierto. Sin embargo, sí fue cubierta siempre por una cortina su cabeza. El resto era normal, lo sabemos. El niño elefante era una piedra. Una pequeña china en el zapato de un caminante, o todas las chinas quizá bajo las ruedas de una bicicleta. Lo único que sacamos en claro es que se le cubría por el terror que inspiraba, así lo menciona Sheley Blank en su crónica del año 1898. Conclusión a la cual llegó, según nos cuenta, mientras estaba sentada en una cafetería y observó como un hombre cubría con su abrigo el brazo deforme de su hijo. Supuso entonces, y le pareció lógico, que el padre pretendía esconder la deformación por miedo a que la imagen macabra de un brazo contrahecho puediera generar una espantosa repulsa social entre los clientes del bar. Efectivamente Sheley llegó a ver el brazo del niño, y, paradógicamente no solamente no le había repugnado en absoluto, sino que, además, estuvo atenta desde la discrección a todos los movimientos del abrigo, por volverlo a ver. Una primera impresión nos puede hacer creer que Sheley Blank era una morbosa sin el más mínimo atisbo de curación posible, pero nada más lejos de la realidad. Sheley había nacido en una pequeña población de los Picos de Europa. Su nombre no debería sorprendernos si sabemos que su padre era extrangero: Arthur Blank, un joven pintor irlandés, romántico hasta el suicidio, que había llegado a España en el 1808, durante el reinado de Amadeo de Saboya y que, según cuenta en sus cuadernos de viaje, conoció a Gustavo Adolfo Becquer en Sevilla, a quien definió como un hombre lánguido, de mirada sagaz y moviento dormido. Monica Sánchez Umpiérrez, su madre, era una asturiana que apenas hablaba bien el castellano, y, por supuesto, no lo escribía. En ese escenario Sheley Blank había crecido entre vacas, nieve y olor a hogaza de pan recién hecha. De esta forma se acostumbró, también, al trabajo del campo, que desempeñaba con pestreza desde muy niña. Ordeñaba a las vacas, preparaba a los San Bernardos para que se las llevaran al campo durante meses a pastar, etc. Su proyección era, entonces conocida. Sheley Blank, aunque con nombre extrangero, sería una asturiana de sus labores, como su madre. Sin embargo algo fue distinto. Según la descripción que de ella hace Ramirez Da Costa, Sheley era una niña curiosa por naturaleza. Al tiempo que atendía a las vacas, recitaba poemas populares que, quizá, fueran la letra de canciones anónimas. Detalles de su personalidad que no contrariaron jamás a Arthur, y que aprovechó de forma inteligente. Ya hemos dicho que Arthur, el padre de Sheley, era pintor. Lo que se nos olvidó, quizá intencionadamente, fue que cuando Arthur visitó a Becquer lo hizo acompañado de Sheley Blank. En aquel entonces, el poeta miró a la niña y quiso recitar algo que ha quedado en la memoria del viento. Las crónicas no han sido capaces de aclarar aún los hechos. Lo cierto es que, cuando Becquer se despidió de ellos, un surco de plata brillaba en su mejilla. Cuando Sheley Blank contaba esto en alguno de sus libros anteriores a lo que refiero en esta narración, insistía en que aún no era capaz de entender qué fue lo que pudo motivar el llanto del poeta. Sí asegura, sin embargo, después de aquel viaje, que su padre entusiasmado, compró una buena parte de la biblioteca de un aristócrata asturiano. Desde entonces, Sheley dejó de atender el ganado y no paró de leer hasta haber devorado el último libro. Para entonces, había cumplido los veintidós años. Es normal que entendamos, ahora sí, que Sheley había conocido escritores románticos que hablaban en sus obras de hombres deformes y otros monstruos humanos. Sin embargo, eran todo divagaciones solo encuadrables en la ficción, suponía. Mientras Sheley veía, entre despiste y despiste, el brazo deforme del niño, recordaba su infancia. Lo que no veía era que el niño descubría el brazo, cuando ella no miraba, como si fuera un juego. Tampoco vio Sheley nunca como el padre la miraba también, tal vez enojado por lo que ella interpretaba como macabra curiosidad, tal vez avergonzado por la criatura que portaba sus rasgos. Sí vio, sin embargo, cómo el padre, incómodo ya por la situación que la actitud de Sheley estaba provocando, pagó repentinamente la cuenta del café, cogió al niño en brazos y salió del cafetín malhumorado. El infortunio, ayudado en gran medida por los nervios, causó entonces que el abrigo que cubría el brazo del niño cayera al suelo en la pretendida carrera. La secuencia de acontecimientos fue fugaz. Sheley corrió al abrigo, al mismo tiempo que el padre lo hacía, olvidando ya el brazo de su hijo, empujándole incluso a un lado. Enloquecido se arrojó al suelo para recoger la prenda. Sheley, por un acto reflejo, aprovechó entonces para verle nuevamente la deformación al niño. Pero en ese justo momento se paralizó el tiempo.
Efectivamente, cuando el niño se había visto liberado de los brazos de su padre, corrió desesperado a una servilleta de tela que reposaba en una de las mesas, y, mientras parecía escribir alguna cosa en ella con el brazo deforme, Sheley observaba atónita, que aquel brazo estaba más sano incluso que los suyos. En su puño aferraba con pasión una pluma de ganso manchada de tinta en su extremo, que bailaba ahora sobre la tela, sin concesiones.
El padre, al darse cuenta, aprehendió al hijo en volandas y corrió despavorido calle arriba. Cuentan que, mientras guardaba la servilleta olvidada sobre la mesa sin leerla apenas, vieron una lágrima rodar por la mejilla de Sheley.

viernes, septiembre 22, 2006

El Mendigo Satánico

Estimado amigos, No era tanta la capacidad de liderazgo del 15. Por más que le pese ya es 22 de octubre y Carlos y Sebas, por increíble que aún me resulte (ni la multa del pitufo ayer por carecer del recibo del seguro del coche, ni las copas del Duke´s en Playa del Inglés, ni siquiera la puerta cerrada de la habitación de invitados me aclaran el entendimiento, etc. -por tí Paco S.-) duermen en mi-su-tu casa. Todos los prismas posibles del infortuno quisieron dejar el escenario tupido de ocasiones de aventura desde que llegaron, como no puede ser menos. El avión sufrió un retraso. Al parecer en Madrid había avión, había azafatas de vuelo, había terminal 4, había Iberia -lástima-, había personal de limpieza, había incluso aeropuerto, con pistas de aterrizaje y despegue, con personal de pista de los que no se manifiestan, pero, curiosamente, no habían pilotos. Todo un lujo para la gran compañía aerea española que este año se tiene bien merecido algún premio, muchos premios, todos los premios, los premios -gracias Cortázar- al descaro y el desastrozo hacer. Pero como no me meto en política ni otras medidas de contabilidad de efectivos, seguiré diciendo. De camino a Maspalomas, y debido, sin lugar a duda alguna, al imán que tiene el señor Ávila para atraer a personajes de hierro colado, pitufos o señores de gorra y espada láser con esposas, pistolas y todo tipo de arretrancos sujetos al cinto, nos retuvieron para control de documentación. Una lástima que fuera para eso, porque me tuve que contener las ganas de exhibir un lustroso 0.0 . Control de documentación. De acuerdo caballero. Los papeles del coche. Aquí los tiene. Golpe frontal del coche de alante, chico nervioso que puede marcharse golpea coche azul oscuro. Bájese del coche. Usted dirá. Mire a ver si su coche está bien. Dígamelo usted y me ahorra tener que bajarme. Bájese del coche. Ya estoy fuera, el coche no tiene nada. De acuerdo, entre en el coche. Si quiere meo cuando me lo diga (lástima que esto no lo oyera). La documentación está incompleta. No puede ser (pienso en el recibo del seguro). Le falta el recibo del seguro. No me diga (¡me cago en la puta!), lo consulta usted con la Central. Ese no es mi trabajo. Lo sé, pero lo consulta. Santi, dame un cigarro. Che boludo, a mi otro. Elva ríe de nervios. Fumamos, conversamos, reímos, volvemos a fumar, seguimos conversando, reímos, nos damos cuenta de que tenemos que comprar tabaco, seguimos fumando, y conversando, y riéndo. Le voy a denunciar. (fumar quita puntos?). Por qué caballero. Por no llevar la documentación. Pero usted comprobó que está todo en regla, ¿no es cierto?. Si, pero le quiero denunciar. ¿Cómo hacemos?. Yo le doy este papelito que si quiere firmarlo. (¡por los cojones te firmo yo papeles a ti!) Es que me han aconsejado que no firme nada -cara de niño bueno inclusive, teatro patético-. De acuerdo, tiene cinco días para pagar 60€ y presentar el seguro en Tráfico. (Y la mañana perdida, y la cola, y el calor, y...). De acuerdo Caballero, buenas noches. Buenas noches. Avatares varios más tarde hasta el Duke´s (con parada previa en los Duplex, donde se queda Elva). Duke´s, me encantan estos títulos nobiliarios. Alex el cantante, Dani el cabra, Jose el bateca, manolo el boss -recuerdos para tí Oscar de todos ellos - -recuerdos, besos, abrazos y deseos para tí Nora de todos ellos - (Oscar, se siente, haber sido tia). Y el sol despuntando, bocata en mano en el Pepe el Chiringo: un chiringo y dos pepechuga, tres cervezas, la compañía y el buen provecho, nueve noventa (creo que en Caritas está más caro). Buena noche aprovechada y buenos proyectos para estos pocos días que nos quedan. Si guardo silencio, Canarias ríe hoy por quien la pisa. Gracias por venir Ávila-Fiorilli. Besos enormes a todos los pies que le hicieron cosquillas a la isla también durante el verano (Jose María Carnero, Marina Oroza, Lola Ballesteros, Montse Cano, Las adorables hermanas Russo, Julito Espino -el chiri, la susa, ana, pavón, maría-, y los demás). Un abrazo enorme. Hoy tomamos nestea con el Mendigo Satánico Panero (así se hace llamar porque al parecer es mendigo y se caga en dios, ¡qué cosas tienes leopoldo!), vemos una exposición de Gaja Romanos, vamos al estudio de Juan Cabrera, visitaremos el Cuba libro, pasearemos por Triana, luego jarras a un euro junto a la arena de la playa y/o visita a JJ SAM, y el inconfesable destino del azar. Un besote Lucia Cavalero ;). Un besote Todos!

viernes, septiembre 15, 2006

SIEMPRE ES QUINCE

Queridos amigos, Me están sucediendo cosas, que por más que me repito que son normales, o, que de no serlo, tienen que tener un correlato directo con lógica de la unidad que mide el movimiento: el tiempo, no me convenzo. Llevo días esperando impaciente que llegue el dia 20 de septiembre, por varios motivos. El primero y fundamental, es que en esa fecha de publica la lista de los pre-admitidos a la carrera de Filología Hispánica en la ULPGC (Universidad de Las Palmas de Gran Canaria). Desde febrero estoy esperando para hacer la matrícula, y, siguiendo indicaciones de la propia universidad, dejé pasar el verano. Ahora, al parecer, tengo que hacer la preinscripción fuera de plazo, porque debí hacerla en julio. Bien, no hay problema. Está presentada y en la fecha de referencia se publica de resabida lista. El segundo de los motivos por los que espero con ansia esa fecha es que llegan a visitarme Carlos Ávila y Sebastián Fiorilli. El trío se une de nuevo, y en mi territorio, para más inri. En honor a la verdad, que no se sabe aún bien lo que es, llegan el 21 por la noche, o el 22 por la mañana, o quiza el 34 por la tarde o el 46 al mediodía. Pero yo quiero la redondez del 20 porque me gusta el 20. El 20 es dormir en posición fetal, dándole la espalda a una gorda. Es ir a lo de uno y mirar para donde se quiera mirar. El 20 de gusta, así que repito, llegarán el 20. Sin embargo, en esta última semana siempre que miro el calendario del ordenador, aparece, tieso como un guardia civil, el 15. Todos los días parecen ser 15. Es una mitad de mes eterna que no entiende bien la correlación de los números en el sistema númerico. Puede ser que, acaso, el 15 ha dado un golpe de estado en la nación de las ciencias matemáticas. Ha torturado hasta la muerte a todos los decimales. El 15, número entero, no quiere saber de medios números ni otras mediocridades. El 15 es el número omnipresente. Nunca ha elegido entre cabeza de ratón o cola de león, porque es las dos cosas aún tiempo. El final de la primera quincena el mes, y el comienzo de la segunda. Es el número de control de la economía doméstica. A día 15 comprobamos lo que hemos gastado y lo que nos queda para acabar el mes. Y el 15 lo sabe, sabe de su importancia y su imprescindencia, lo supo desde que aquel monje lo colocó en el centro del mes, en la clave del calendario. Y se va apoderando de mí, de a poco. Comienza por mis nervios. La operación es sencilla, coloco la mano sobre el ratón y la flecha ladeada ligeramente hacia la izquierda que tengo sobre la pantalla se mueve al compás de mi mano, como si moviendo el ratón estuviese revolviendo mis dedos entre las tripas del ordenador. La flecha, movida entonces con una suavidad envidiable, ve la hora en la esquina inferior derecha del Windows Xp y para allá que va. Se acomoda sobre los numeritos emparejados y separados por lo que bien podría ser un muro de berlín en miniatura al comienzo de su demolición amateur, pero que en este caso son dos puntitos ":". Y allí reposa, como esperando que le abran la puerta de una venta medieval. Y se abre, al cabo de un instante. Entonces es cuando yo me desespero nuevamente. Ayer recuerdo un 15 donde hoy mismo sonríe anodinamente un 15, el mismo quizá que el de hace 4 días o, me temo, el mismo que estará mañana o cuando corresponda ser el ansiado día 20, que no llegará. Está comenzando la dictadura del 15. Algún día los calendarios solo tendrán quinces en sus filas. No habrá navidad, o será el vigecimo quinto quince de diciembre. Mi cumpleaños pasará a ser, entonces el onceavo quince de enero y recordarán a las victimas del onceavo quince de septiembre o del onceavo quince de marzo. Miramemos las cuentas del banco todos los días quizá y reventaremos de desesperación. El autocontrol económico nos llevará a no dar un céntimo a quien lo necesite y llegaremos incluso a exigir que nos levanten en peso la máquina expendedora de refrescos o tentenpiés para recoger cinco céntimos que cayeron debajo. El 15, es entonces un número estrictamente capitalista. Las naciones ricas serán más ricas, y las pobres sobrepasarán fronteras inconfesables y jamás imaginadas por la mente humana. No descarto que fuera el 15 quien desprestigiara en su día al 13, con la mala fama del infortunio. Quizá una intentona por liquidar a sus compañeros que no fraguó. Tengámosle miedo al 15. El fin del mundo comenzará con él. O con Carlos y Sebas cuando lleguen, quizá, el vigésimo 15 del mes de septiembre. Un abrazo

sábado, septiembre 02, 2006

¡Dolce Vita London, ANIMO HERMANO!

En esas veces en que...
En esas veces en que uno quisiera contarlo todo
y no sabe por dónde ni como empezar.
Todo lo que siente en el momento concreto de su vida
en que lo habido, al parecer, confluye.
Ciertamente, no solo un fluído múltiple de
opiniones,
sentimientos,
sensaciónes quizá,
sino toda una catarata
la catarata más alta del mundo, diré.
Donde todo salta hacia el vacío
o nada llega a lo profundo
porque el aire lo hace propio
y lo consume en su revuelto
de ajos tiernos y gambas
mal metidas.
En esas veces en que uno quiere no desear a nadie
y sin embargo, la carnalidad de un abrazo se representa
como la única necesidad del hombre,
para seguir vivo
para ser hombre
y repetirse ¡hombre!
¡hombre!
¡hombre!,
hasta verse sumerjido en una humanidad,
que también le pertenece.
O tal vez, la única razón por la que ser feliz
después de haber aceptado el sacrificio del silencio y la distancia. Curiositá, dijo Leonardo,
andar la vida solo, añado,
sea donde fuere que los zapatos decidan pisar la hierba
sea cual fuere la hierba que pisen los zapatos
sean los que fueren los zapatos elegidos.
Caminar y sentir cada kilómetro
en el trayecto de la función dormida de este teatro extraño, cuanto menos.
O decidir comenzar el camino, simplemente,
preguntémosle a Machado.
En esas veces en que uno quisiera andarlo todo
vivirlo todo
conocerlo todo
y demostrar que nada estaba inventado aún.
En esas veces es cuando un hombre admira a otro
un hermano se alegra por su hermano.
Es eso lo que hace valiente al hombre:
vivir de la mano del miedo,
enfrentarse a él, y conocerlo:
conversar con el silencio
mientras acaricia los largos dedos de la noche ajena
y la hace propia.
Grandes Palacios abrirán sus puertas al peregrino
bellas mujeres escupirán en el camino andado
y en el que es propiedad del porvenir,
y alguna habrá que sepa besarlo, con paciencia y esmero.
Los recuerdos resonarán también
en el cristal de la mejor vajilla del anfitrión,
guardada para estas ocasiones.
Alguna rosa marchita creerá morir en paz
con el suspiro del caminante que respira sobre ella,
mientras danza sutilmente al son de lo inconcreto y lo importante.
Aún siguen habiendo señores
sentados en las mesas del fondo de los bares
bebiendo Whisky, mientras conversan o juegan a la zanga
y sienten que aún pueden cambiar el mundo,
porque creen conocer su misterio inalcanzable.
Pero no les espera ya nada más que una histora sabida
al cruzar las puertas de sus casas.
Y mientras tanto,
Philleas Fogg, se levantó como un rayo del asiento que ocupaba en el Restform Club
y puso pies en polvorosa
porque le reclamaba la aventura
y el amor...
en la otra esquina del mundo.
En esas veces en que el hombre es el nómada que fue
es cuando conoce quien es
y por eso
anda
siente
vive.
Quizá llora,
y su llanto es abierto al espejismo del horizonte
libre, efímero
y perpetuo, al mismo tiempo.
Y al final del camino,
en las grandes plazas de Ithaca,
un poeta reconoce, con acierto,
que la enseñanza fue, solamente,
caminar. Mi Hermano está en Londres, ¡Enhorabuena Campeón!.
pd. si quieren saber de sus azañas, el link de su blog: "Dolce Vita London" de la derecha.